Una historia, un olvido... el discurrir invisible de lo que existió y se desconoce

Este espacio pretende entender la historia como una disciplina que proporciona, tanto la información como los instrumentos necesarios para conocer el pasado, pero también como una herramienta para comprender al "otro", a nosotros mismos y a la sociedad del presente en la que interactuamos.

Conocer la historia de los gitanos españoles es esencial para eliminar su invisibilidad, entender su situación en la sociedad y derribar los estereotipos acuñados durante siglos.

Las publicaciones contenidas en este blog-revista tienen derechos de autor. Se ruega citen su procedencia.

martes, 30 de marzo de 2021

martes, 2 de marzo de 2021

DE LA PRAGMÁTICA DE 1499 A LA SOLUCIÓN FINAL DE EXTERMINIO DEL PUEBLO GITANO DE ESPAÑA EN 1749

 Exhorto:

Don Francisco José de Béjar, abogado de los Reales Consejos, alcalde mayor por S.M de esta ciudad, corregidos y superintendente de rentas interino de ella = Al Sr. D. Juan Gaspar de Cañas Trujillo, presbítero Vicario de las iglesias de esta ciudad -Puerto de Santa María-, y que hace oficio de juez eclesiástico en ella. Hago saber cómo en virtud de Real Orden de Su Majestad, Dios le guarde, en instrucciones que las acompañan comunicadas por el Ilmo. Sr. Gobernador de Castilla, estoy entendiendo en la prisión de todos los gitanos y gitanas que en fuerza de reales provisiones se hallan avecindados en este pueblo, ordenándole que a los hombres y muchachos de siete años arriba se pongan en La Carraca, y a las mujeres con los de menor edad en la ciudad de Málaga, previniéndose igualmente que en caso de que alguno de los que se  han de prender se hallare en sagrado o se retrajere a él, se le ha de extraer, a cuyo fin acompañaba a la instrucción, carta del Sr. Obispo con un ejemplar del despacho expedido por el Ilmo. Sr. Nuncio para la extracción de los gitanos de sagrado y conducirlos a los presidios u otra alguna reclusión segura. Y habiéndose puesto en ejecución dicha Real Orden y asegurándose en la cárcel pública las personas que de todos sexos y edades pudieron ser habidas de esta gente, parece que D. Joaquín de Mendoza, coronel de los ejércitos de Su Majestad y teniente coronel del regimiento de caballería de Alcántara, y comandante nombrado del destacamento que para dichas prisiones y destinos de los gitanos se ha señalado por lo perteneciente a este pueblo, para auxiliar la Real Jurisdicción, noticioso de que en el convento del Sr. San Francisco de Paula, extramuros de esta ciudad se hallaban refugiados algunos gitanos y gitanas, pasó a él, y de acuerdo con el Reverendo Corrector y bajo de palabra de honor, y ofreciéndole que se entregaría al Sr. Juez eclesiástico la correspondiente caución juratoria, sacó de dicho convento la mañana del día 31 del próximo mes pasado, los gitanos y gitanas siguientes:

Sebastián de los Reyes, alias El Duende.

Manuel de los Reyes, su hijo.

Manuela de Vargas, mujer de Juan Ponce.

Isabel Ponce, hija de los antecedentes.

Josefa de Heredia y Oliva, viuda de Tomás Arcario.

Juan Matías.

Gaspara María.

Salvadora Isabel, todos 3 hijos de los antecedentes.

Alonso de la Oliva, hijo de Bartolomé.

Luisa de la Oliva, mujer de Francisco Suárez.

María Jiménez, alias Luisa María, alias Marrisola, mujer de Pascual Medrano.

Francisca María Cruz, alias Luisa María, soltera.

Antonia Maldonado.

 

Iglesia de San Francisco en Puerto de Santa María


COMENTARIO:

Justo 250 años después de la Pragmática de los Reyes Católicos, el 30 de julio de 1749 dio comienzo un proyecto de exterminio biológico -genocidio en términos modernos- contra el Pueblo Gitano de España, punto final de un proceso durante el cual, casi dos centenares de reales decretos, provisiones reales, pragmáticas, órdenes reales y demás disposiciones de mayor o menor rango, pretendieron: primero, su asentamiento fijo; luego a no tener más ocupación que el de la agricultura, sin que tuvieran conocimientos ni medios para acceder a la propiedad de la tierra; siguieron las diferentes estrategias para aculturarlos, como fue la prohibición de utilizar su lengua, traje y forma de vida, negándoles su identidad como etnia y cultura. Una trayectoria represiva durante la cual, el gitano, como poseedor de una imagen denostada, deshumanizada, repleta de caracteres peyorativos y con la etiqueta de delincuente potencial desde su mismo nacimiento, se convirtió en chivo expiatorio, en una víctima propiciatoria del utilitarismo estatal de las condenas, que le convirtió en un inquilino asiduo de las galeras, arsenales, minas de Almadén, presidios y obras públicas, hasta que finalmente se determinó la solución final: la expulsión o el exterminio.

Aunque inicialmente se proyectó la expulsión de todos los gitanos, se acabó por desarrollar un proyecto de exterminio biológico, por el que hombres y mujeres fueron separados de por vida, con el propósito de evitar la regeneración de la etnia. Los niños pequeños debían permanecer junto a sus madres hasta los siete años, edad a partir de la cual, debían compartir el destino de los hombres. Para conseguir tan cruel plan, se debía realizar en el más profundo secretismo, una redada general en un mismo día y a la misma hora. Con todo detalle se planificó la forma en que se debía ejecutar, e incluso el modo de proceder en caso de que alguno lograra refugiarse en sagrado e invocar la inmunidad eclesiástica. Un derecho que el Vaticano le retiró en 1748, y que permitió la captura de cuantos buscaron la protección de la Iglesia.

Interior de la iglesia de San Francisco


La redada y proyecto de exterminio de 1749, confiere a España como la precursora de este tipo de proyectos, al menos en la Europa Occidental. Un camino que acabó confluyendo dos siglos más tarde con el holocausto nazi.

lunes, 1 de febrero de 2021

HEROES GITANOS EN LA HISTORIA DE ESPAÑA. INVISIBILIZADOS Y OLVIDADOS

 

Elogio al gitano Celestino Batista

     Ha salvado a diez personas de perecer ahogadas y su gesto debe ser recompensado por la Sociedad

Si ustedes van a Blanes y preguntan por Celestino Batista Mora, el gitano, todo el mundo sabrá darle razón de su domicilio. Yo creo que incluso los extranjeros lo conocen. Celestino es un hombre con el físico de un luchador. Alto, quizás llegue al metro noventa, anchas espaldas, bien proporcionado. Vive con su mujer y dos hijos, en una casa enclavada en el barrio del Sabanell, cerca del mar. Este hombre hace unos días saltó al plano de la actualidad por haber salvado la vida a un holandés, dándose la circunstancia que era el noveno salvamento que efectuaba en el transcurso de unos pocos años. Indudablemente, Celestino es noticia y de las buenas. Empero, él, no le da importancia a la cosa. Vean como se expresa:

—Exactamente no sé si son nueve o diez los que he sacado del agua.

—¿Quién le ha adiestrado en salvamentos?

—Nadie. Todo es cuestión de llegar a tiempo.

-         ¿Y no ha pasado jamás apuros?

—Hasta ahora, no señor.

—¿Recuerda especialmente algún salvamento?

—Más o menos siempre es lo mismo. Una persona debatiéndose contra las olas que lucha por mantener la cabeza a flote; los brazos se mueven sin orden ni concierto; las manos se crispan como si quisieran agarrarse al aire...

—¿Gritan...?

—No, no pueden, pues se les llena la boca de agua. Deben pasar un mal rato. —¿Algún salvamento especialmente dificultoso?

—El año pasado fui a sacar a una chica y cuando la estaba arrastrando noté que agarrada a sus pies y sumergida dentro el agua iba otro cuerpo. Los saqué los dos y resultaron ser dos hermanas mellizas de Tordera. Una había ido a salvar a la otra y, lo que pasa en estos casos, por poco se ahogan las dos.

—¿Tiene mucha fuerza una persona cuando se está ahogando? —Muchísima más que la normal.

—¿A qué se deben sus repetidos salvamentos?

—Pura coincidencia. Cuando veo el mar que está más movido de la cuenta, espero lo peor. Rara vez falla. Algún bañista demasiado intrépido se adentra y luego no puede regresar.

—¿Y usted en su búsqueda...?

—Es de obligación hacerlo.

—Su último salvamento fue un holandés, Mr. Joseph Maydet...

—Sí, y recuerdo exactamente cómo fue la cosa. Aquel día yo tenía descanso en la barca y hacía unas horas en una obra cercana a la playa. De repente vi como a unos 20 metros de la arena a un hombre dando grandes brazadas en dirección a tierra, pero no avanzaba porque la corriente le impulsaba mar adentro. Llegó una ola gigante, lo alzó al aire y lo empujó violentamente contra la arena. El golpe debió ser muy fuerte, pues quedó conmocionado y flotando vi cómo se adentraba de nuevo hacia el mar. Un minuto más y hubiese sido tarde. No vacilé. Vestido me lancé y lo saqué. Le hicimos respiración artificial y al poco rato reaccionó. Luego vimos que tenía los dientes rotos a consecuencia del golpe contra la arena.

—¿Son agradecidas las personas que salva?

—Sí, todas me han dado las gracias.

—¿Y nada más...?

—Jamás he aceptado dinero. El señor holandés quería darme una recompensa y casi se enfadó cuando le dije que no podía aceptarla.

No quiero dinero, pues no salvo a las personas por negocio.

     Así es y así habla Celestino. Un gitano nacido en Canet de Mar y que llegó a Blanes cuando apenas tenía dos años. Tiene 35 años y un corazón que no le cabe en su enorme cuerpo.

     Este hombre que ha salvado, arriesgando su vida, a diez personas, hasta la fecha permanece en el anonimato. A veces la sociedad es ingrata para con sus semejantes. El no se queja, y se sorprendió cuando fuimos a visitarle.

     Creemos que es llegado el momento de que la Sociedad salde su deuda y de que públicamente se reconozca su servicio y su bondad. Celestino jamás ha pedido ni aceptado nada; somos nosotros quienes debemos dar el primer paso. Es el Ayuntamiento de Blanes quien debería interesarse cerca de la superioridad para que, como mínimo, Celestino pudiera lucir sobre su robusto pecho la Medalla del Salvamento. Rescatar diez vidas, del mar no es cosa corriente.

 


 

COMENTARIO:

     La historia del Pueblo Gitano en España está escrita principalmente sobre un conjunto amorfo de miembros de una etnia y cultura. Igual se ha venido haciendo desde los medios de comunicación, donde la individualidad, cuando se destaca, lo más usual es para señalar aspectos negativos, que finalmente acaban extendiéndose al total de la comunidad gitana. Es decir, el gitano o gitana que hace algo positivo y digno de alabanza, su acción queda ahí, en su persona, no trasciende al grupo; en cambio, cuando hace algo mal, ya no se habla de un gitano, se habla de los gitanos, estigmatizando y deshumanizando como se ha venido haciendo desde el siglo XV.

Entre los muchos casos de gitanos que han dado muestras de aspectos positivos en su comportamiento o que han sobresalido por su fortaleza de ánimo, por falta de espacio sólo hablaremos de unos pocos gitanos y gitanas que han destacado, y que creemos son representativos para cumplir el objetivo  de esta publicación.

     Sorprende mucho, pero apenas se investiga, la participación de los gitanos en los Tercios de Flandes. Cientos, puede que más de un millar de combatientes gitanos lucharon en los Tercios en diferentes escenarios: Granada, Italia y Flandes. Muchos de sus nombres han salido a la luz: Rodrigo Belardo;  Santiago, Pedro, Francisco, Juan, Alonso y Salvador Maldonado; Antonio de Malla, Baltasar de Bustamante, Baltasar de Rocamora, Juan de Montoya, Andrés de Flores y Marcos de Flores; Carlos de Bustamante, Francisco del Campo, Gaspar de Ribera Baltasar Montoya, Juan de la Calle, Sebastián de Soto, Santiago Maldonado, y así un largo etcétera de soldados anónimos que sufrieron en su cuerpo todo tipo de heridas, cuando no la muerte, sirviendo a unos reyes que no dejaron de acosar legislativamente a su pueblo.



     Otros, como el sevillano Bartolomé Jiménez, dieron muestras de fortaleza y ejemplo de superación para sobrevivir a la adversidad. Es uno de los pocos forzados de galeras que lograron salir con vida de dos condenas al remo; la última, de diez años, impuesta por  la Audiencia de Sevilla. Una pena que se imponía en numerosas ocasiones por el solo hecho de ser gitano y que prácticamente equivalía a una sentencia de muerte, por agotamiento, enfermedad o hundimiento de la galera en una tempestad o en batallas como Lepanto, donde para mayor gloria de España murieron tantos forzados y esclavos, cuyos nombres solo los conoce el fondo del mar.

Bartolomé no fue el único, también lo consiguieron entre otros Juan de Heredia, Sebastián de Heredia Bustamante, Juan Descós, Francisco Cortés, Francisco de Flores, Vicente Munerris, José Escudero, Miguel Pubil y probablemente muchos más, pues el estudio no abarca completamente toda la etapa de galeras.

    

        Ejemplos de lealtad y obediencia hacia su rey hay pocos casos. Uno de ellos fue protagonizado por los gitanos de Vélez Málaga en los instantes iniciales de la redada de 1749 que acabó desembocando en un proyecto de exterminio –lo que hoy en día llamamos genocidio-. Sabedores que en otros lugares se estaba produciendo la prisión generalizada de su población gitana, en lugar de huir, decidieron presentarse ante el asombro de los soldados y encaminarse voluntariamente a la cárcel de dicha población sin ofrecer ningún tipo de resistencia, pues según manifestaron que «ya sabían se les habían de prender, y que desde luego venían  a que S.M. les mandase donde había de ir». Una lección que resonaba desde hacía siglos en el Cantar del mío Cid, en su verso veinte: «¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor!». Desde luego, Fernando VI dejaba mucho que desear.

     Mayor invisibilidad y olvido se produjo no obstante en el caso de las mujeres gitanas, ejes vertebrales de la sociedad gitana, transmisoras de su cultura y soportes de la unidad familiar cuando el hombre faltaba. Su valentía y decisión recorrieron los polvorientos caminos que llevaban a los puertos donde se hallaban las galeras, a las minas de Almadén o a los arsenales donde penaban sus padres, maridos y hermanos. Polonia de Torres y Magdalena de Malla son dos ejemplos de estas mujeres gitanas, que debieron no solo evitar los peligros de ir solas por los caminos, sino también, sortear la acción de cuantas justicias celosas en el cumplimiento de las leyes antigitanas, o bien, para aprovechar la ocasión conseguir otros fines menos legales.

     La reclusión separada de hombre y mujeres durante el proyecto de exterminio, dio ocasión para muchas historias, episodios que hablan de lucha por lograr el valor más valioso del ser humano, además de la vida; hablamos de la libertad, algo que quisieron recuperar los gitanos y gitanas de mediados del siglo XVIII por cuantos medios tuvieron a su alcance, con tanta persistencia como la que empleó Rosa Cortés, una heroína almeriense que, que con paciencia y un simple clavo, logró abrir un boquete por el que escapar de su encierro en la Casa de Misericordia de Zaragoza junto a decenas de compañeras que compartían su misma suerte.



        Tampoco los hombres desistieron de este empeño, y a cientos lograron evadirse de los arsenales donde fueron encerrados, en los que con su trabajo forzado, consiguieron hacer realidad el plan ensenadista que hizo recuperar a España el rango de potencia mundial en aquella época. Una de estas fugas, en la que se revela el amor a su tierra y familia, estuvo protagonizada por dos almerienses en 1761: Francisco de Malla y Sebastián Aguilera. Ambos atravesaron la península en una aventura de más de mil kilómetros desde el arsenal de El Ferrol, en La Coruña, hasta que apenas le faltaban un centenar de kilómetros fueron aprehendidos en Poyatos -Jaén- y enviados a La Carraca -Cádiz-, para ser devueltos al arsenal gallego.

        Otros, tuvieron la oportunidad de demostrar su buena condición como persona y el reconocimiento de su comunidad. Pocos hombres como Estanislao García, conocido por el Gitano de Rasueros, fueron llorados tanto por gitanos como payos en su entierro -la prensa refiere que asistieron más de 1.500 personas-. Un personaje que según la prensa «había alcanzado en todo aquel país -Castilla la Vieja- grande y honrosa celebridad por su caridad inagotable», y que en el momento de su fallecimiento en 1858, perdonó «todo cuanto tenía prestado a los pobres labradores».

     Podríamos hablar de muchos más, algunos tan recientes como los gitanos veratenses que lograron evitar una violación, o la de dos gitanos que impidieron en 1889 el secuestro de un niño atrapando al delincuente, para que finalmente, la gloria se la llevara la Guardia Civil, sin que sus nombres ni siquiera se publicaran en la prensa como reconocimiento a su acción.

     Centrándonos en Celestino Batista, un gitano hecho con una pasta especial, que en los años sesenta del siglo pasado, arriesgó su vida para salvar una decena de personas sin esperar nada a cambio, hallamos en él, el ejemplo de esa invisibilidad y el de una vida silenciosa, que sólo pretende «vivir una vida tranquila, pacífica, trabajar, comer y felicidad», tal como Antonio Nieto se expresó en el documental Yo me acuerdo. Gitanos aragoneses en la Guerra Civil española. Gitanos que sin estridencias ni ambición por conseguir fama y dinero, han venido aportando suficientes méritos para convertirse en ejemplos de vida para los gitanos de hoy en día, como referentes de una individualidad positiva, que la sociedad mayoritaria condena al olvido.

viernes, 1 de enero de 2021

SANCHO DE MONCADA PIDE LA PENA DE MUERTE PARA LOS GITANOS

LOS GITANOS SE DEBÍAN CONDENAR A MUERTE

Cap. IV

Las razones son muchas. La primera, por espías y traidores a la corona.

La segunda, por ociosos y vagabundos. Y es muy de considerar, que luego en comenzando a haber hombres, en criando Dios el mundo, comenzó sin duda el importante gobierno político de condenar a muerte los vagantes, pues Caín tuvo por cierta la suya en andando vagabundo por la de Abel: Ero vagus, profugus in terra: omnis igitur qui invenerit me, occidet me. Y considero yo el Igitur, que fue argumento, andaré vagabundo. Luego es llano que cualquiera que me viere (porque me verá vagando) me ha de matar, siendo cierto que entonces no tenía Caín sino padres y hermanos, como advierte San Ambrosio, y estableció Dios aún más este gobierno, dando a Caín por salvoconducto un temblor de todo el cuerpo cuando anduviese vagueando, (salvoconducto que sería de harta importancia en todo vagante que temblase a vuestra majestad) y por Jeremías amenaza a su Pueblo Dios, que en andando por los montes se le han de comer todos. Y es doctrina de teólogos, que solo el vagar, sin otra información es vehemente sospecha de delito capital. Y la misma naturaleza lo enseña en el curioso arancel político de las abejas, en cuya bien gobernada república matan los zánganos por abril, cuando comienzan a fabricar.

La tercera, porque son ladrones cuatreros o abigeos, que tienen pena de muerte por leyes de España, desde que hizo las tan sabias el Sabio señor rey don Alonso, por estas palabras: Hay una manera de ladrones que se trabajan más de hurtar bestias o ganados, que otras cosas; y por ende decimos, que sin contra alguno fuere probado tal yerro como éste, si fuere hombre que lo haya usado de hacer, debe morir por ende, y si llega a diez ovejas, maguer no oviese usado a facerlo otras vegadas. La cual ley se ajustó con el Derecho común.

La cuarta, por encantadores, adivinos y por otras artes que usan, que están prohibidas pena de muerte, así por ley divina y se alaba en Saúl, y la Sagrada Escritura carga a su quebrantamiento (cuando consultó a la Pitonisa) su desastrada muerte, y que pasase el reino a David, y al emperador Constantino el Magno. Y otros emperadores que fundaron el Derecho civil, condenaron a muerte a los que usasen ales maleficios como escribió el presidente de Tolosa.

La última y más urgente causa es, si es verdad lo que dicen, que son herejes, siendo disposición del derecho platicada en España quemar a los tales.

 


COMENTARIO

Desde principios del siglo XVII, la solución drástica de la expulsión como remedio a los grandes males que se decía ocasionaban los gitanos, empezó a tomar cuerpo con fuerza y consistencia a través de la gitanofobia de representantes a Cortes y arbitristas.

Desde las Cortes se pidió su exclusión con el pretexto de evitar los daños que provocaban a los campesinos y a la agricultura en general. Además, al calor de la inercia provocada por la expulsión de los moriscos, se inició un debate sobre la conveniencia de expelerlos del país por ser “una de las cosas más dignas de remedio que al presente se ofrecen en estos reinos”.

Sin embargo, y aunque en un principio el rey dio su conformidad, se acabó desechando la expulsión por razones demográficas y utilitaristas.

Ante el vacío dejado por los moriscos, el gitano se consideró necesario para sustituirlos, por lo que el 15 de octubre de 1611, se decretó que la única ocupación que podían desempeñar los gitanos era la de la labranza. Una disposición que no cerró la polémica sobre lo que se debía hacer con la comunidad gitana; es más, se avivó a través de nuevas propuestas en Cortes y la irrupción de arbitristas como Salazar de Mendoza y Sancho de Moncada. Este último, situó a los gitanos en un estrato social inferior a los moriscos, a los que consideraba a mucho más útiles a la Corona, y que apenas habría dificultad para expulsarlos, pues por su corto número e inutilidad la repercusión de su desaparición de tierras españolas sería mínima. En su razonamiento, consideró que eran merecedores de un castigo mayor, ya que por leyes divinas y humanas eran merecedores de la pena de muerte. Un argumento que justificó echando mano a la acusación de que eran espías y traidores a la corona. Añadió igualmente la condena bíblica de Caín por vagabundaje, la de Alfonso X el Sabio por robo de ganado, la del emperador Constantino por adivinación; y por último, recordó lo que el derecho español disponía con los herejes.

A representantes en Cortes y a arbitristas, vinieron también a sumarse literatos como Cervantes. Todo terminó por propiciar un ambiente favorable para la promulgación de una nueva Pragmática. De esta forma, el 28 de junio de 1619, la nueva disposición  recogió buena parte de las aspiraciones anteriores, ordenando entre otras cosas: “que todos los gitanos que al presente se hallaren en estos nuestros reinos salgan de ellos dentro de seis meses, que se han de contar desde el día de la publicación de esta ley, y que no vuelvan a ellos so pena de muerte; y que los que quisieren quedar sea avecindándose en ciudades, villas y lugares de estos nuestros reinos de mil arriba”.


NOTA: La gitanofobia de Sancho de Moncada no impidió que su memoria haya sido reconocida con la imposición de una calle toledana en su honor. También es un hecho poco conocido, que al finalizar la Guerra Civil, se creó en Madrid, en el seno del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, un centro dedicado a la economía, al que se puso por nombre "Instituto Sancho de Moncada".


martes, 1 de diciembre de 2020

LAS GITANAS Y LA BÚSQUEDA DEL TESORO

Hallándose en un lugar de este reino, se allegó una gitana a una casa donde halló sola a la señora de ella, que era una viuda moza, rica, sin hijos y de buen parecer, a quien, saludándola primero, dicha la arenga que llevaba estudiada, no dejando mancebo, viudo ni casado, noble, galán dotado de mil gracias que no anduviese muerto por ella, la dijo: señora, yo te he cobrado mucha afición, y por saber que está en ti bien empleada la riqueza que tienes, aunque vives tan descuidada de tan gran dicha, te quiero descubrir este secreto. Sabrás pues, que en tu bodega tienes un gran tesoro; y para sacarle tiene gran dificultad, porque está encantado, y no se ha de aprovechar de él sino fuere víspera de San Juan: ahora estamos a diez y ocho de junio, y hasta veinte y tres faltan cinco días. Tan en tanto allega tú algunas joyuelas de oro o plata y alguna moneda, como no sea de cobre, y ten seis velas de cera blanca o amarilla, que para el tiempo que le digo yo acudiré con otra mi compañera, y sacaremos tanta abundancia de riquezas, que puedas vivir con ellas; de modo que te envidien todos los de tu pueblo. A estas razones, la ignorante viuda, pareciéndole que ya tenía en su poder todo el oro de Arabia y plata del Potosí, la dio bastante crédito.

Llegó el señalado día, y fueron tan puntuales las dos gitanas, como deseadas de la engañada señora; y preguntada si había tenido cuidado con lo que le habían encomendado, y diciendo que sí, replicó la gitana: mira, señora, el oro llama al oro, y la plata a la plata; enciéndanse esas velas, y bajemos abajo antes que sea más tarde, porque haya lugar a los conjuros. Con esto bajaron las tres, la viuda y las dos gitanas; y encendidas las velas, puestas en sus candeleros a modo de círculo, pusieron en medio un jarro de plata con algunos reales de a ocho y de a cuatro, unos corales con sus extremos de oro, otras joyuelas de poco valor, y diciendo al ama que se tornasen juntamente a la escalera por donde habían bajado a la bodega, puestas las manos, estuvieron todas por un rato como quien hace oración: y diciendo a la viuda que aguardase, se volvieron a bajar las dos gitanas, haciendo entre ambas un coloquio, hablando, y respondiendo a veces; mudando de manera la voz, como si en la bodega hubieran entrado cuatro o seis personas, diciendo: Señor San Juanito, ¿será posible sacar el tesoro que tienes escondido? -Sí, porque poco os falta para que le gocéis, respondía la compañera gitana, mudando el habla en un tal delgado tiple, como si fuera de un niño de cuatro o cinco años. Confusa la buena señora, estaba aguardado la deseada riqueza, cuando las dos gitanas llegaron a ella, diciéndole: ven señora, acá arriba, que poco puede faltar para que veamos cumplido nuestro deseo, y tráenos la mejor saya que tuvieres en tu arca, ropa y manto para que me vista y disfrace en otro traje del que ahora tengo. No reparando en el engaño que le hacían, la simple mujer subió con ellas al portal; y dejándolas a solas, fue a sacar la ropa que le pedían, cuando las dos gitanas, viéndose libres, como ya tuviesen guardado el oro y plata que estaba depositado para el encanto, cogiendo la puerta de la calle con ligeros pies traspusieron el barrio. Volvió la engañada viuda con toda la ropa, y no hallando las que había dejado en espera, bajó a la bodega, donde como vio la burla y hurto que le habían hecho llevándole sus joyas, comenzó a dar voces y a llorar sin provecho. Llegó toda la vecindad, a quien contó su desgracia, sirviendo más de risa y burlarse de ella que de tenerle lástima; alabando la agudeza de las ladronas.


Este episodio relatado por Jerónimo de Alcalá, fue reproducido en Álbum Pintoresco Universal, en su edición de 1842. Se trata de lo que María Helena Sánchez Ortega ha llamado “El truco del tesoro escondido”. Una estratagema, que aunque desarrollada tanto por mujeres como por hombres gitanos, fueron ellas las que más y mejor la explotaron, y por la que obtenían a costa de la ingenuidad de sus víctimas, determinados provechos económicos con los que sobrevivir en una época tan complicada para el Pueblo Gitano.

Para obtener dichas ganancias, las mujeres gitanas hubieron de echar mano a su ingenio y habilidades, para a partir del conocimiento atesorado durante siglos gracias a la quiromancia, saber a través del trato con su potencial víctima, cuantos aspectos de su carácter, temperamento y personalidad necesarios, para abordarla y emplear toda su persuasión para conseguir su confianza y despertar su codicia. Conseguido esto, pasaba a “desencantar” el tesoro, para lo que debía proceder a realizar diferentes rituales.

Sánchez Ortega ha esquematizado paso por paso, el proceso que se seguía, y que difería en atención a la buena o mala disposición del engañado:

1º Elección de una víctima ingenua y generosa.

2º Construcción de una historia fantástica sobre un tesoro escondido en la casa de la persona escogida. Suficientemente incentivadora para despertar su interés y codicia.

3º El dinero llama al dinero, por lo que solicitan monedas, joyas, ropa, alimentos y demás artículos para emplearlos en el ritual de desencantamiento. Cuanto más duraran estas ceremonias, mayor ganancia obtendrían las gitanas.

4º Para alargar lo más posible el desencantamiento, las gitanas espaciaban los diferentes sortilegios en días diferentes, solicitando en cada nueva ocasión, nuevos objetos para completar el hechizo.

5º Para mantener la ambición del cándido y la confianza hacia los poderes de las gitanas, estas empleaban diferentes trucos, como la tinta invisible, confeccionada a partir del zumo de limón, cebolla y de otros jugos vegetales, que al sumergir en agua o al exponer al calor un papel sobre que aparentemente no hay nada dibujado, aparecía para sorpresa del ingenuo, imágenes que representaban formas fácilmente identificadas por éste, sobre todo, el tesoro que con tanto anhelo deseaba. Y para dar más solemnidad, y hasta cierto punto de misterio y temor hacia el poder de estas mujeres, complementaban estos trucos con ceremonias mágicas a base de oraciones y conjuros, momentos en los que aprovecha para ir cogiendo y ocultando entre sus ropas, cuantos artículos había ido entregando la víctima.

6º Finalmente, cuando la gitana atisba que la víctima empieza a sospechar o se hace cada vez más remisa a entregar más dinero o joyas, desaparece con todo lo que ha ido obteniendo, con lo que pasados los días, cuando la gitana estaba bien lejos, la víctima acababa cayendo en el engaño al que había sido sometida.


domingo, 1 de noviembre de 2020

PETICIÓN DEL HERRERO JUAN CORTÉS PARA TRASLADAR SU FRAGUA DE TURRE A LUCAINENA DE LAS TORRES -ALMERÍA- (11/11/1752)

 Juan Cortés Bermúdez, vecino del lugar de Turre de esta jurisdicción. Ante vuestra merced como más haya lugar, parezco y digo =

Es constante soy maestro de herrero, para cuyo ejercicio tengo mi fragua y demás avíos, sin saber otro trabajo ni poder ganar el diario alimento para mí y mi familia. Lo que más impide, el haber en dicho lugar de Turre otro maestro de mi oficio; y siendo dicho lugar de corta

                Vista de Turre desde el barrio de "Turre Viejo". Foto Juan Santiago Fernández

vecindad, no es dable que en él ambos nos podamos mantener; y con este motivo he pasado a la villa de Lucainena, en donde tuve noticia no tenían maestro de herrero, lo que fue cierto; y por ello me compuse y ajusté con su concejo y demás vecinos de ella, en cuya suposición cumpliendo con las reales órdenes, establecimientos e institutos concedidos por su majestad, Dios le guarde, y a todas las gentes que por común llamaban gitanos y ahora castellanos nuevos; y siendo yo uno de ellos, teniendo mi asignación en dicho lugar de Turre, para poder mudar dicha mi vecindad a la enunciada villa de Lucainena.

 

COMENTARIO:

Los gitanos liberados conforme a la Real Orden de 28 de noviembre de 1749 -aproximadamente el 60% de los que fueron víctimas de las redadas del verano de ese año- volvieron a sus respectivos vecindarios, en los que debieron permanecer con las mismas restricciones que existían con anterioridad a la Orden de Prisión del 5 de julio de ese mismo año.

Segunda orden de prisión (agosto 1749), Archivo M. Martínez

Real Orden de 28 de noviembre de 1749. Archivo M. Martínez


Juan Cortés fue una de las doce víctimas gitanas turreras, capturadas con ocasión de la Gran Redada ordenada por Fernando VI en julio de 1749 (http://adonay55.blogspot.com/2019/07/la-gran-redada-y-proyecto-de-exterminio.html). Contaba entonces 62 años y estaba casado con Isabel Cortés, con la que había tenido cuatro hijos: Magdalena, Catalina, Ignacio y José. Todos fueron recluidos inicialmente en la alcazaba de Almería y posteriormente llevados a la Alhambra de Granada, para ser repartidos conforme a lo dispuesto por el marqués de la Ensenada: los varones al arsenal de La Carraca y las mujeres a Málaga.

Dique de carenado del arsenal de La Carraca

Alcazaba de Málaga. Lugar de reclusión de las mujeres gitanas


Tras el tremendo golpe emocional que supuso la ruptura familiar y la privación  de libertad, tres meses más tarde pudieron reencontrarse en Turre, donde Juan había venido ejerciendo su oficio de herrero con la complacencia de sus regidores, sin haber dado motivo alguno para ser conceptuado como un delincuente. Sin embargo, no teniendo más posibilidad que continuar en la herrería para mantener a su numerosa familia, la existencia de dos herreros en una población de tan corto vecindario, hizo que se planteara trasladar su fragua a otro lugar donde no hubiera competencia, y al tiempo de ganarse la vida, dar un servicio necesario al pueblo que lo acogiera.

Familia gitana de Herreros. Colección M. Martínez


Esta oportunidad la halló en Lucainena de las Torres, distante 40 kilómetros de Turre. Sin embargo, la restricción domiciliaria a la que estaban sujetos los gitanos, había convertido en una gran cárcel cada uno de los lugares donde los gitanos habían sido asignados. Sin libertad de movimientos, Juan como otros muchos gitanos estaba a expensas del arbitrio del corregidor de la población donde vivía. Un férreo control vecinal que en numerosas ocasiones no tenía en cuenta el ahogo de unas familias que intentaban sobrevivir en franca desventaja respecto al resto de sus vecinos no gitanos.

Finalmente, Juan obtuvo la licencia necesaria, y junto a su familia, emprendió una nueva etapa de su vida.
Vista de Lucainena de las Torres. Wikipedia