Una historia, un olvido... el discurrir invisible de lo que existió y se desconoce

Este espacio pretende entender la historia como una disciplina que proporciona, tanto la información como los instrumentos necesarios para conocer el pasado, pero también como una herramienta para comprender al "otro", a nosotros mismos y a la sociedad del presente en la que interactuamos.

Conocer la historia de los gitanos españoles es esencial para eliminar su invisibilidad, entender su situación en la sociedad y derribar los estereotipos acuñados durante siglos.

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lunes, 16 de febrero de 2026

LA FASCINACIÓN PICTÓRICA POR EL RETRATO FEMENINO DE GITANAS

 La fascinación por la figura femenina gitana ha sido uno de los dispositivos visuales más persistentes de la cultura europea, un mecanismo donde la mirada externa convierte a la mujer romaní en emblema, en arquetipo y, finalmente, en ficción. Bajo la apariencia de admiración estética —la belleza “exótica”, la libertad indómita, la sensualidad romántica— se esconde una operación de despersonalización: la mujer gitana deja de ser sujeto para convertirse en superficie de proyección, en un cuerpo simbólico que confirma los deseos y fantasías del observador. Esta iconografía, repetida desde la pintura decimonónica hasta la fotografía turística y ciertos imaginarios contemporáneos, construye un “mundo aparte” donde la gitana no es una persona concreta, sino un tipo cultural disponible para el consumo visual. Lo que parece homenaje es, en realidad, una forma de captura: una mirada que fija, simplifica y domestica aquello que dice admirar.


La mujer gitana ha provocado una fascinación exotizante por su cuerpo a través de una mirada romántica y estereotipada que constituye frecuentemente en una apropiación visual del cuerpo femenino romaní y una estetización de la alteridad envuelta por conceptos como la libertad, el misterio y la sensualidad.

Entre los principales retratistas de mujeres gitanas en el siglo XIX, podemos citar a John Philip, especializado en escenas costumbristas españolas de gitanas andaluzas con fuerte carga romántica. Entre los españoles: Joaquín Sorolla y Mariano Fortuny con acuarelas y óleos de gitanas en Granada a través de una mirada orientalizante y etnográfica. Ya en el siglo XX destaca Isidre Nonell por sus retratos de gitanas a partir de una mirada más humana y dignificadora, sin exotismo ni erotización. En cambio, Julio Romero de Torres, sí fusiona erotización con simbolismo y mito andaluz.

La “gitana” como marca

Desde finales del siglo XIX y durante todo el XX, la figura de la mujer gitana se convirtió en un recurso comercial en España y en otros países mediterráneos. Su imagen funcionó y aún funciona como símbolo de lo español, de lo andaluz, de lo “auténtico” y de lo “popular”. 

Se utilizó para vender vinos y manzanillas, licores, conservas de pescado, aceites y otros productos agrícolas, cafés, chocolates y especias, tabaco y cerillas.

Se trata de una apropiación cultural que toma una figura real para convertirla en un logotipo, en el que la “gitana” representada no es identificada: es un arquetipo, no una persona. Se abusa así del arquetipo de la “gitana festiva” como reclamo exótico y de lo español, que no hace más que invisibilizar la diversidad y la vida auténtica de las mujeres gitanas.


GUSTAVE DORÉ, LOS GITANOS, LE TOUR DU MONDE Y EL EXOTISMO DEL S. XIX

 Gustave Doré (1832–1883) ilustró numerosos relatos publicados en la revista francesa Le Tour du Monde. Nouveau journal des voyages, especialmente los dedicados a España escritos por Jean‑Charles Davillier. Las entregas publicadas por entregas entre 1862 y 1873 fueron incluidas en 1874 en L’Espagne y, en 1875, en Voyage en Espagne.


Doré recorrió casi toda Andalucía, Castilla, Aragón, Cataluña y otros lugares, al mismo tiempo que reproducía escenas populares, paisajes, tipos sociales y costumbres. Un trabajo, que consolidó su prestigio como cronista visual del viaje y de la alteridad, no exento de exotización y fascinación romántica.

Dibujó a las personas gitanas en numerosos contextos de la Andalucía rural, en escenas de baile y música, en aspectos de la vida cotidiana en campamentos, desplazamientos, ferias, ventas y barrios gitanos como los del Albaicín y el Sacromonte de Granada. Unos grabados en los que plasmó la fascinación francesa por lo “gitano” como símbolo de libertad, peligro, sensualidad o marginalidad. No obstante, también en ocasiones se alejó del estereotipo, visibilizando rostros concretos, costumbres y actividades cotidianas, transmitiendo un mensaje que desmontaba la mirada colonial y romántica, para traslucir la pobreza estructural y las duras condiciones de vida de los gitanos.

Esta mirada de Doré entró en conflicto con los textos de Davillier, basados en los tópicos románticos heredados de Mérimée y Gautier, quienes describían a los gitanos como “ladinos”, “pícaros”, “misteriosos”; frente a las instantáneas de familias, niños, mujeres mayores, escenas de trabajo o descanso captadas por Doré.

 

Su obra le convirtió en uno de los ilustradores más influyentes del siglo XIX. Entre sus colaboraciones destacan: La Divina Comedia, Don Quijote, La Biblia, Los cuentos de Perrault y El Paraíso Perdido. Sin embargo, fue esta serie de grabados lo que le permitió, aparte de su maestría en el dibujo, reescribir una memoria visual desde la dignidad.