La fascinación por la figura femenina gitana ha sido uno de los dispositivos visuales más persistentes de la cultura europea, un mecanismo donde la mirada externa convierte a la mujer romaní en emblema, en arquetipo y, finalmente, en ficción. Bajo la apariencia de admiración estética —la belleza “exótica”, la libertad indómita, la sensualidad romántica— se esconde una operación de despersonalización: la mujer gitana deja de ser sujeto para convertirse en superficie de proyección, en un cuerpo simbólico que confirma los deseos y fantasías del observador. Esta iconografía, repetida desde la pintura decimonónica hasta la fotografía turística y ciertos imaginarios contemporáneos, construye un “mundo aparte” donde la gitana no es una persona concreta, sino un tipo cultural disponible para el consumo visual. Lo que parece homenaje es, en realidad, una forma de captura: una mirada que fija, simplifica y domestica aquello que dice admirar.
La mujer gitana ha provocado una fascinación exotizante por su cuerpo a través de una mirada romántica y estereotipada que constituye frecuentemente en una apropiación visual del cuerpo femenino romaní y una estetización de la alteridad envuelta por conceptos como la libertad, el misterio y la sensualidad.
Entre los principales retratistas de mujeres gitanas en el siglo XIX, podemos citar a John Philip, especializado en escenas costumbristas españolas de gitanas andaluzas con fuerte carga romántica. Entre los españoles: Joaquín Sorolla y Mariano Fortuny con acuarelas y óleos de gitanas en Granada a través de una mirada orientalizante y etnográfica. Ya en el siglo XX destaca Isidre Nonell por sus retratos de gitanas a partir de una mirada más humana y dignificadora, sin exotismo ni erotización. En cambio, Julio Romero de Torres, sí fusiona erotización con simbolismo y mito andaluz.
La “gitana” como marca
Desde finales del siglo XIX y durante todo el XX, la figura de la mujer gitana se convirtió en un recurso comercial en España y en otros países mediterráneos. Su imagen funcionó y aún funciona como símbolo de lo español, de lo andaluz, de lo “auténtico” y de lo “popular”.Se utilizó para vender vinos y manzanillas, licores, conservas de pescado, aceites y otros productos agrícolas, cafés, chocolates y especias, tabaco y cerillas.
Se trata de una apropiación cultural que toma una figura real para convertirla en un logotipo, en el que la “gitana” representada no es identificada: es un arquetipo, no una persona. Se abusa así del arquetipo de la “gitana festiva” como reclamo exótico y de lo español, que no hace más que invisibilizar la diversidad y la vida auténtica de las mujeres gitanas.



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