Una historia, un olvido... el discurrir invisible de lo que existió y se desconoce

Este espacio pretende entender la historia como una disciplina que proporciona, tanto la información como los instrumentos necesarios para conocer el pasado, pero también como una herramienta para comprender al "otro", a nosotros mismos y a la sociedad del presente en la que interactuamos.

Conocer la historia de los gitanos españoles es esencial para eliminar su invisibilidad, entender su situación en la sociedad y derribar los estereotipos acuñados durante siglos.

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lunes, 6 de noviembre de 2017

LOS GITANOS Y LA REVOLUCIÓN. LOJA 1861

La invisibilidad de los gitanos en la Historia de España es mucho más palpable durante el siglo XIX. Una época repleta de convulsiones políticas, económicas y sociales, en la que la comunidad gitana, al menos casi hasta mediados de siglo, estuvo bajo la vigencia represora de la pragmática de 1783. Y, aunque finalmente obtuvo la ciudadanía española sin ningún tipo de restricciones por la Constitución de 1837, hubo de seguir sufriendo la estigmatización resultante del estereotipo acuñado y ampliamente divulgado durante siglos.

Baile en las afueras de Loja

Víctimas como otros muchos españoles de las crisis económicas ocasionadas por múltiples factores, sobrevivían a duras penas desarrollando sus oficios tradicionales, y que debían complementaban con otras ocupaciones, como la de jornaleros, especialmente en Andalucía. De ellos apenas se sabe nada durante el siglo XIX, que esté relacionado con el flamenco o el toreo. Mucho menos de su posicionamiento ideológico ante las revoluciones que convulsionaron esta época, constituyendo la revuelta armada barcelonesa denominada La jamancia, el primer movimiento revolucionario en que se vieron envueltos miembros de la comunidad gitana.
En Andalucía, por sus propias características socioeconómicas, la comunidad gitana fue más sensible a los movimientos que preconizaban el reparto de tierras y clamaban por la libertad y la igualdad. En Cádiz, por ejemplo, tras la promulgación de la Constitución antiliberal de 1845,  los gitanos, en expresión de la prensa, embardunaron las paredes con carteles subversivos pidiendo la vuelta a la Pepa, dando vivas a los liberales y advirtiendo el sombrío futuro que esperaba a España con un “que ze hunde la patria”.
En este ambiente revolucionario, Andalucía se hallaba inmersa en 1861 dependiendo de una economía agraria de subsistencia, donde la propiedad de la tierra se hallaba en pocas manos y sin que las medidas desamortizadoras hubieran invertido este fenómeno. Solo la pervivencia de las tierras comunales permitía algún respiro  a aquellos vecinos que se hallaban desposeídos de terrenos cultivables. Y, cuando el general Ramón María Narváez, el espadón de Loja,  pretendió desamortizar los terrenos comunales pertenecientes a la Sierra de Loja para destinarlos a pastos, se produjo una airada protesta de los lojareños, quienes comenzaron a exigir un reparto de tierras justo que sustituyera a unas subastas, pues éstas solamente beneficiaban a aquellos terratenientes que poseían el suficiente poder adquisitivo para adquirirlas.
Rafael Pérez del Álamo
El cada vez mayor empobrecimiento del campesinado, junto con el auge de las ideas republicanas, fomentó la desestabilización social y la lucha contra el caciquismo. Para hacer frente a esta situación, desde las filas demócratas de Andalucía Oriental, Rafael Pérez del Álamo fundó una Sociedad Secreta, de tipo carbonario y carácter más social y militar que anarquista, que pretendía además de un reparto de tierras, la protección y socorro de sus asociados. Dicha Sociedad se hallaba muy influida por el movimiento garibaldino italiano y tendría un papel decisivo en la revolución que estallaría en Loja.
El principal protagonista de esta insurrección fue Rafael Pérez del Álamo, inspector de carnes, veterinario de primera clase y corresponsal de los periódicos demócratas de La Discusión y El Pueblo, quien  se distinguió en las críticas hacia las arbitrarias detenciones producidas tras el intento de anulación de las elecciones que dieron la victoria a los demócratas, siendo detenido con ocasión de la divulgación de un folleto titulado “La Democracia, el Socialismo y el Comunismo, según la Filosofía y la Historia”.
Acosada la Sociedad Secreta, se reunió primeramente en Granada y después en Loja, donde se autorizó a Pérez del Álamo a liderar la sublevación en el momento que considerara más oportuno. Decidido a emprenderla, se propuso darle un tono revolucionario para obrar cambios económicos y sociales.
Recientes las sublevaciones de Utrera y El Arahal de 1857, el conflicto se precipita al estallar el motín de Mollina el 21 de junio de 1861. Un acontecimiento liderado por Pérez del Álamo y que justificó su detención el 24 de junio. Los lojareños  se levantaron entonces para libertarlo. El 27 del mismo mes se a insistir en su arresto personándose la Guardia Civil en su domicilio. Avisado de esta contingencia, logró huir a caballo y llegar hasta la “Campiña de las Salinas”, donde habían acordado reunirse los componentes de la Sociedad Secreta, y al que empezaron a acudir centenares de personas, muchas de ellas con la esperanza de ser cierto el rumor que aseguraba se iban a repartir las tierras.
Vista de Loja en 1812
Desde Loja, Iznájar, Trabuco, Las Fuentes y Archidona acudieron al llamamiento portando todo tipo de armas: escopetas, hoces y todo tipo de áperos de labranza. Los gitanos, formando una compañía aparte bajo la capitanía de Antonio Arjona, alias “El Zorrica”, acudieron con lanzas de fabricación propia.
Todos juntos se conjuraron en la victoria y se dirigieron hacia Iznájar gritando todo tipo de consignas, como ¡Viva la República y muera la reina!, ¡Viva Garibaldi!, ¡Muera el Papa!, ¡Viva la libertad! Y, ¡Viva la democracia! Una vez en dicho pueblo entraron en combate con un pequeño destacamento de la Guardia Civil, al que desarmaron e hicieron prisioneros. Al día siguiente, del Álamo lanzó una proclama en el intento de incorporar nuevos voluntarios y tranquilizar a los terratenientes, al asegurar se iba a respetar la propiedad y la libertad de ideas.
Con la intención de tomar Loja, se pertrechó a los combatientes con armas, tabaco y un poco de pan y queso, lo que curiosamente dio nombre a la insurrección, que empezó a denominarse La guerra del pan y el queso.
Una vez que la fuerzas rebeldes salieron de Iznájar, el 28 de junio vuelvieron a vencer a fuerzas gubernamentales y entrar triunfantes en Loja, donde rápidamente comenzaron a hacer zanjas y levantar barricadas para resistir un más que presumible asalto. Hasta tanto, los sublevados siguieron recibiendo refuerzos procedentes de Málaga, Jaén y Granada, hasta alcanzar un contingente cercano a los 25.000 combatientes. Entre ellos un gran número de gitanos, a cuyo frente se halló Antonio Arjona Zorrica, conocido como el “capitán de los gitanos”, de los que la prensa nacional resaltan su participación asegurarando que habían “tomado gran parte en el movimiento”.
 Antonio fue capturado el 6 de julio junto a otros destacados dirigentes de la revolución. Las razones por las que se implicaron en la contienda nos son desconocidas. Tuvo quizá bastante que ver la personalidad de Pérez del Amo, que como veterinario debió tener estrecho contacto con los tratantes gitanos. Otra explicación puede deberse al deseo de mejorar sus condiciones de vida a través de un reparto más equitativo de la tierra. Si bien, respecto a este tema, existe cierta controversia sobre si realmente se llegó a realizar una repartición, algo que no ha podido ser contrastado, en la que algún medio periodístico asegura que los gitanos participaron en dicho acto para recibir un total de cinco fanegas de tierra.
El conflicto se estancó en Loja durante varios días, hasta que Pérez del Álamo, ante las súplicas de los lojareños, decidió evacuar la población y marchar hacia Granada pasando por Alhama, con la esperanza de reanimar la sublevación. Derrotados por las tropas leales a Isabel II, se produjo la dispersión de los revolucionarios y su derrota definitiva, dando paso una represión que encarceló a numerosas personas que debieron pasar ante los dos tribunales militares formados en Loja y en Málaga, para proceder con arreglo a la ley de 17 de abril de 1821.
Más de 3000 individuos fueron procesados en estos tribunales, de los que 1180 fueron condenados a penas comprendidas entre los dos y los veinte años de presidio. Solo un vecino de Iznájar sería sentenciado a la pena capital.
En cuanto a los gitanos que tomaron parte en la insurrección, Antonio Arjona “el Zorrica”, también conocido por “Zorrín”, fue sentenciado en primera instancia a cadena perpetua; si bien se le acabaría conmutando dicha pena por la de 20 años de presidio. Su proceso despertó una especial curiosidad, especialmente tras el discurso que pronunció ante el tribunal que debía juzgarle, y del que la prensa destacaba, había “sido la cosa más célebre del mundo”.
Nota de prensa del 8/8/1861

Durante todo el proceso, los presos que se hallaban siendo juzgados en Loja se recluyeron en lugares habilitados para ello, tales como el teatro y una sala contigua a la alcazaba. Mientras tanto duró el juicio, un grupo numeroso de gitanas y niños deambularon permanentemente mientras duró, implorando “a los del consejo, a los fiscales, a los defensores y a cuantas personas creían ellas que pudieran influir en la sentencia de sus maridos y padres, para librarles de la imposición de la pena de muerte”.
Finalmente, junto al “tío Zorra”, fue condenado igualmente a los mismos veinte años de presidio, el sargento de los gitanos: “El Culiche”, de quien se decía iba inocente por no delatar a su padre “El tío Characha”.
La prensa no tomó nunca en serio la participación de los gitanos, siendo incluso objeto de mofa:

“Estos tontos, como la mayor parte, quisieron tomar sus cinco fanegas de tierra de los bienes comunes, y fueron con toda la gitanada, con unos palos muy largos y un pedazo de hierro que hacía punta, y que llamaban lanza”.

Confirmada la sentencia, el 8 de agosto, “Zorrilla” y “Culiche”  formaron parte de una cuerda de presos que se dirigieron en dirección a Granada, para desde allí ser dirigidos a Málaga y embarcar posiblemente con destino al presidio de Canarias o al de Baleares, ya que el de Fernando Póo se reservaba para los condenados a cadena perpetua.
Una vez en presidio, se dispusieron a consumir los mencionados veinte años, de los cuales, la prensa auguraba que “El Zorra” no aguantaría ni la mitad “porque es muy viejo”. No hubo de aguardar ni siquiera dicho tiempo, pues el 5 de septiembre de 1862 la reina concedió una amnistía a todos los que se hallaban presos, incluido el mismo Pérez del Álamo.
A pesar de la represión consiguiente, así como el intento de reconciliación personificado en la amnistía del 5 de septiembre y la visita que a lo largo de ese mes hizo la reina como gesto de buena voluntad a Andalucía, el espíritu revolucionario se mantuvo y hasta se alentó hasta culminar con la revolución de La Gloriosa de 1868, que mandó a Isabel II al exilio.

BIBLIOGRAFÍA:
ANDÚJAR, Francisco. “La sublevación de Loja (1861), en Ser Histórico. Portal de Historia, 14 de diciembre de 2016. Disponible en https://serhistorico.net/2016/12/14/la-sublevacion-de-loja/.
MADARIAGA DE LA CAMPA, Benito “Rafael Pérez del Álamo (1827-1911)”. Disponible en https://ddd.uab.cat/pub/llibres/1973-2011/72336/semvet_a1973v1_perez.pdf
PÉREZ DEL ÁLAMO, Rafael. Dos revoluciones andaluzas, Biblioteca de Cultura Andaluza nº 57; Sevilla: Ediciones Andaluzas Unidas, 1986.

Existe un blog dedicado íntegramente a la figura de Rafael Pérez del Álamo: http://rafaelperezdelalamo.blogspot.com.es/

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