Una historia, un olvido... el discurrir invisible de lo que existió y se desconoce

Este espacio pretende entender la historia como una disciplina que proporciona, tanto la información como los instrumentos necesarios para conocer el pasado, pero también como una herramienta para comprender al "otro", a nosotros mismos y a la sociedad del presente en la que interactuamos.

Conocer la historia de los gitanos españoles es esencial para eliminar su invisibilidad, entender su situación en la sociedad y derribar los estereotipos acuñados durante siglos.

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viernes, 1 de mayo de 2020

MARIANET HABLA. Discurso del primero de mayo de 1938 llamando a la unidad, al trabajo y a la fe en la victoria


Mariano R. Vázquez, secretario general del Comité Nacional de la CNT.
Combatientes, proletarios, pueblo antifascista: Unidas aparecemos las fuerzas proletarias, en esta fecha simbólica de lucha y vindicación. Un abrazo fraternal a la Delegación de la CGT francesa que nos acompaña.
Nuestra capacidad de resistencia, demostrada a través de estos veinte meses de lucha, han obligado al enemigo a concentrar todas sus energías y lanzarlas como alud impetuoso sobre uno de nuestros frentes, para ver si la desmoralización cundía entre nosotros, logrando con rapidez su victoria.
También en la Gran Guerra, Alemania se lanzó en 1918 a una ofensiva violentísima, que hacía prever a los simplistas que su victoria iba a ser cosa de poco tiempo. Sin embargo, la realidad era muy otra. Eran sus malas condiciones; era su retaguardia minada la que le lanzó a un esfuerzo desesperado. Y fracasó. Y a continuación vino su derrota. Su retaguardia se resquebrajó antes que en los frentes triunfaran sus ejércitos.
La Historia se repite. Y en España nos encontramos con una situación parecida.
La retaguardia facciosa, cuarteada por sus divisionismos, puede, de un momento a otro, hundirse verticalmente.
Sin embargo, la nuestra -y por esta razón clara llamo Primero de Mayo de victoria- está unida ahora como no lo estuvo desde que pasaron los primeros días de lucha. El 19 de julio, nuestra unidad fue un hecho efectivo en la calle en la barricada, en los pueblos, en todos los lugares de combate. No hubo distinción de matices ni colores. Se luchaba unidos. Se perecía unidos. La sangre de los héroes que caían se fundía en el heroísmo charco: igual la de anarquistas, que la de socialistas, que la de comunistas; que la de republicanos.
Se impone el trabajo intensivo. A este efecto, en esta fecha solemne, la CNT declara su decisión firme de poner fin rápido a la semana inglesa. Hay que trabajar sin descanso todos los días, todas las horas precisas y necesarias. Los sábados por la tarde, a partir de ahora, dice la CNT, hay que trabajar. Si nosotros en la retaguardia, que somos un complemento obligado de la vanguardia, no somos capaces de privarnos de las fiestas, como lo hacen los combatientes, ¿con qué moral vamos a dirigirnos a ellos; vamos a exigirles que resistan, que combatan, que den la vida por nosotros, por nuestra causa?
La mujer es un complemento de nuestra contienda, y su aportación parte decisiva para alcanzar la victoria.
Sabéis mujeres españolas, estar a la altura que os corresponde. Pero aún hay entre vosotras espíritus pusilánimes; corazones acobardados. Levantad la frente, heroínas. Mirad alto y consideraos iguales en la lucha. Vuestro esfuerzo será coronado, al lograr la victoria, con el bienestar que la misma os ha de reportar, a vosotras, a vuestros seres queridos, a vuestros hijos.
Vencer es nuestra única consigna. No desmayéis nunca. Y tapar la boca a quienes al oído susurran palabras cobardes que hablen de la necesidad de poner fin a nuestra contienda o de que estamos perdidos.
Marianet. Gitano y anarquista
El proletariado mundial debe saber que nosotros, en esta fecha histórica, en la conmemoración de este Primero de Mayo, recordamos que somos los continuadores de la estela que trazaron aquellos mártires de Chicago.
Nosotros, camaradas del Mundo, os brindamos el ejemplo de nuestra unidad para vencer. El de nuestra potencia, para luchar. El de la debilidad de los imperios facciosos, con nuestra resistencia que les impide aplastarnos, y el de nuestra solidaridad, porque no sólo luchamos por nuestra independencia, bienestar y libertad, sino por la independencia, proletariado de los pueblos del Mundo.
Cumplid, lisa y llanamente, camaradas del Mundo, con vuestro deber, como el pueblo español cumple con el suyo desde el 19 de julio al contener el avance del fascismo, que quiere la guerra exterminadora. Nosotros, aquí. Vosotros, en vuestros países, trabajando para España, para la República, para la Democracia, por la Libertad y la Justicia.
Clamad, exigid de vuestros gobiernos armas para España.
Adelante por la victoria. Pueblo español. Juramentémonos en esta fecha simbólica para llevar hasta el fin las consignas del momento, que son:
Primera. Mantener y fortalecer nuestra unidad.
Segunda. Trabajar sin descanso más y mejor.

COMENTARIO:
Mariano Rodríguez Vázquez nació en la barriada de Hostafranchs en 1908, Sus años de niñez fueron atormentados. Huérfano de madre a los nueve años, su padre, nada más contraer segundas nupcias se deshizo de él y lo recluyó junto a su hermano, en la Escuela de Reforma Asilo Durán. Cuando consiguió escapar de los malos tratos que recibí en dicha institución, sobrevivió en la calle mendigando y cometiendo pequeños hurtos, que le hicieron frecuentar la cárcel.
Fue en prisión cuando acabó absorbiendo la ideología libertaria y adentrarse en el problema social, “en orden de colectividades y movimientos rebeldes”, que le acabó integrando en la FAI en 1931. A partir de cuyo momento, se implicó de lleno dentro del sindicato de la Construcción, en una meteórico ascenso dentro del movimiento anarquista, salpicado por varias detenciones debido a su profundo activismo´
A finales de 1932 fue nombrado secretario de su sindicato, y presidente al año siguiente. En 1934 participó intensamente en la huelga de la Construcción, por lo que fue nuevamente detenido. Finalizada su etapa como presidente del sindicato, fue destinado al Comité Pro Presos, volviendo otra vez a pasar tres meses como detenido gubernativo.
A su salida fue elegido de la Federación Local de Sindicatos sin abandonar su actividad clandestina, hasta que Dencás ordenó su prisión el 4 de octubre de 1934, permaneciendo once meses también como detenido gubernativo. A su salida de prisión fue designado en septiembre de 1935 para formar parte del Comité Regional de la CNT, y dos meses más tarde, elegido como su secretario. Un cargo que ocupaba cuando estalló la Guerra Civil.
Durante algo más de cuatro meses se mantuvo en la Regional de Cataluña, hasta que a finales de noviembre fue nombrado Secretario General del Comité Nacional de la CNT.
Marianet se mostró siempre muy celoso de su intimidad. Sus compañeros del Sindicato de la Construcción de la CNT, apenas sabían algo de él. Un misterio que no quiso desentrañar, quizá en un intento de borrar todo recuerdo de su padre, cuyo apellido lo redujo una simple “R.”, pasando a llamarse Mariano R. Vázquez, con el cual firmaba.
Derrotados los militares en Barcelona el 19 de julio de 1936 por los anarquistas. Se inició de forma espontánea una revolución social, pero la CNT decidió paralizarla tomando como principal objetivo ganar la guerra y participar en los gobiernos catalán y estatal, a fin de que el sindicato no perdiera poder ante el acaparamiento de ministerios por parte de comunistas y republicanos.
Como justificación a esta política, tan contraria a los ideales libertarios, Marianet y el resto de la cúpula cenetista, pretendieron convencer a los militantes cenetistas, que el Gobierno de la República era una parte más de un régimen revolucionario, con el que se podrían alcanzar las metas del anarcosindicalismo.
No todos estuvieron de acuerdo con el paso dado. Muchos consideraron esta decisión como una traición a las aspiraciones anarquistas; y, cuando con ocasión de los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona, el descontento de las bases aumentó cuando Marianet, junto García Oliver y Federica Montseny, pidieron el cese el fuego. Una decisión que reforzó las ambiciones comunistas y que acabó marginando a la CNT, tanto en la toma de decisiones nacionales como en los mandos militares.
Los esfuerzos de Marianet por superar al Frente Popular y conformar un nuevo Frente Popular Antifascista, como el lograr una unidad de acción para ganar la guerra, fueron inútiles, a pesar de conseguir, tardíamente, la unión sindical entre la UGT y la CNT. La falta de apoyo del proletariado internacional, el bloqueo de material de guerra y materias primas, completaron la división interna de la República. Todo contribuyó en el desarrollo de la crisis económica y el hundimiento de los frentes. A pesar de ello, Marianet continuó hasta el último momento con la esperanza de que la situación se podía revertir, realizando continuos llamamientos a la unidad y a la resistencia. Una actitud que suscitó nuevas críticas entre sus propios camaradas, por su empeño en apoyar al Gobierno de Negrín. En realidad, Marianet se habían convertido en un preso de sus continuas cesiones para evitar la desunión y el estallido de otra guerra civil, esta vez dentro de la misma República.
Una vez en el exilio, el 14 de abril de 1939, ya en París, pretendió solucionar el problema de la duplicidad representativa confederal existente en el exilio, para lo que consideró necesario disolver el Comité Nacional del Movimiento Libertario con base en Toulouse, y crear en su lugar, el Consejo General del Movimiento Libertario con sede en la capital londinense bajo la autoridad de la CNT española, por lo que Marianet fue nombrado su presidente, cargo que ostentaba a su muerte dos meses más tarde.  También contribuyó en la creación del SERE -Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles-.
Las cualidades más destacadas de Marianet fueron su capacidad de trabajo, su responsabilidad y su compromiso con las decisiones del Comité Nacional. Un obrero incansable, siempre dispuesto a afrontar los problemas para darles solución, desde la gestión de compras de material bélico, camiones y demás productos elaborados, hasta la adquisición de todo tipo de materias primas, especialmente papel, esencial para la lucha propagandística a través de panfletos, carteles, revistas y libros.

EL BARRIO GITANO DE LAS CAMBRONERAS Y LA GENERACIÓN DEL 98

Para los gitanos del barrio de las Cambroneras

A vosotros los pobres, los desvalidos, los desheredados, los errabundos, los proscritos de todas las razas y de todos los pueblos; los eternos israelitas que sin hogar ni patria, camináis al ocaso bajo el cielo inclemente, ya sufriendo las bárbaras caricias del invierno frígido, ya las arideces abrasadora s del sol canicular; los que acampáis defendidos por la débil lona de vuestras tiendas de campaña en las inmediaciones de las ciudades y las aldeas; los que padecéis la más injusta y encarnizada persecución que llevó acabo la Humanidad en el transcurso de los siglos; los despreciados, los expulsados, los malditos; A vosotros me dirijo: ¡Salud!
Yo os envío, no sólo a vosotros los que formáis la tribu que habita en la margen del Manzanares, sino a todos los gitanos que viajan penosamente a través de la tierra ingrata. Yo os envío mi expresión fraternal, porque desde muy niño simpaticé con vuestra raza fina y perspicua, sana y valiente, que arrostra los peligros con la sonrisa en los labios y la tranquilidad en el corazón; porque siempre atrajeron mi espíritu con irresistible influjo vuestras hermanas gentiles y gallardas, sentimentales y bondadosas, tiernas hasta el exceso y apasionadas hasta el delirio; porque a la vez que empecé a pensar empecé a compadecer con una piedad acendrada y profunda vuestro inmenso infortunio de parias condenados, como el judío errante, a la perpetua marcha, al pan amargo, al agua acibarada, a todas las acritudes del destierro inacabable y a todas las hieles de la emigración sin término.
Barrio de Las Cambroneras (1902). Colección M. Martínez
Vosotros, ¡oh, desgraciados! sois la excepción. Los adeptos a todas las religiones y los hijos de todos los pueblos tienen atribuciones que a vosotros no se os conceden. A vosotros se os niega hasta el más sagrado de los derechos: el derecho a la vida. Se os niega el alimento, el agua, el fuego, el hogar. Se os persigue como perros hidrófobos. Sois maldecidos, aborrecidos, execrados. Recuerdo que, aún adolescente, encontrándome en un pueblo de la provincia de Badajoz, tan ignato como salvaje, se estableció en sus inmediaciones una numerosa familia de gitanos, desarrapada y hambrienta, cuyo sólo aspecto inspiraba compasión. En cuanto los mozos del lugar tuvieron noticia del suceso, acudieron al sitio donde acampaban los gitanos, apedreando sus tiendas y queriendo lincharles, teniendo que hacer la Guardia Civil esfuerzos inauditos para librarlos de las iras de aquellos nuevos barbatos del Norte.
Son tan contradictorias y de tan variadas especies las versiones que he oído respecto a vuestras condiciones morales, que no sé cómo debo juzgaros. Mientras unos dicen que sois desleales e ingratos, que pagáis los beneficios con infamias y que al que más os favorece es el primero que traicionáis, otros propalan que, en vuestro corazón, noble y agradecido, no cabe el dolor, que tenéis la gratitud por norma y que llegáis hasta el sacrificio por vuestros bienhechores.
Yo ignoro como sois; es más: quiero ignorarlo siempre. Si es verdad que sois malvados, tenéis sobrada razón para serlo: merecéis disculpa. La sociedad, madre de infamias, es el solo responsable de las que podáis cometer. Ella os enseñó a odiarla. En el pecho de vuestras madres, y transmitido de generación en generación, matasteis el odio africano que ella os inculcó con su conducta de déspota y verdugo.
Por eso los hombres de buena voluntad y de alma libre de preocupaciones, los que no ven en vosotros más que seres pertenecientes a la familia humana, los que odian tanto como vosotros a esa misma sociedad por su estupidez y sus crueldades, os aman y os defienden, aspirando con anhelo, noble y esforzado aliento a vuestra rehabilitación, para que podáis entrar en el concierto normal de la vida y ocupar el puesto que os corresponde, porque para llenarle os están llamando a gritos la fraternidad y la justicia.
Pedro Barrantes


COMENTARIO:

La pérdida del imperio colonial en América y Filipinas, abrió una profunda crisis que se manifestó en diferentes ámbitos de la sociedad española a finales del siglo XIX y principios del XX. Se produjo un revisionismo general en el que en alguna medida, el tema gitano quedó incluido, aunque sin suponer un cambio significativo en cuanto a la mejora de su situación social.
Autores de la generación del 98 volvieron la vista hacia los gitanos en sus obras literarias. Benito Pérez Galdós, en su obra Misericordia, publicada en 1897, dibujó “las capas más ínfimas de la sociedad matritense (…), la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria (…)”. Unos aspectos que Galdós halló entre los gitanos. También Pío Baroja en su Hampa, denunciaba cómo Madrid estaba rodeado de unos suburbios, “en donde viven peor que en el fondo de África un mundo de mendigos, de miserables, de gente abandonada”, sin que nadie se ocupara de remediar “de tanta tristeza, de tanta lacería”. Por último, citamos la obra de Blasco Ibáñez, La horda (1906), en la que describía el barrio como “un mundo aparte, una sociedad independiente dentro de la horda de miseria acampada en torno a Madrid”. Un exiguo espacio donde coexistían payos -que eran los menos-, y los gitanos -la mayor parte de la población-.
La prensa fue sin embargo, el medio donde la reflexión sobre la situación del Pueblo Gitano halló mayor eco. Si bien, en su mayor parte, siguió tratándolo con suma simplicidad a partir del prisma estereotipado heredado del siglo XIX. En uno de estos artículos plagados de prejuicios peyorativos, correspondiente a enero de 1902, podemos leer frases tan denigratorias como las reproducidas en la Revista contemporánea: “viven sin trabajar, y el no trabajar constituye para ellos el placer supremo”.
Las Cambroneras en 1914. Colección M. Martínez
Frente a este periodismo denigratorio y vetusto, surgieron algunos articulistas socialmente más comprometidos. Uno de ellos, bajo la firma de un tal Merchán, y a colación de la visita del embajador cubano en 1903, haría un repaso introspectivo muy crítico a la historia de España respecto a sus hazañas no tan gloriosas, tras lo que concluía: “Nuestra historia - es doloroso, pero es preciso declararlo, es una historia de persecuciones y de exterminios”. En su repaso, habla de la expulsión de los moriscos, de la quema de judíos, y del acoso que se ejerció sobre los gitanos, “a quienes los antiguos historiógrafos cuelgan hórridas patrañas”. Un pasado plagado de injusticias y que inhabilitaba a España ante el resto de Europa: “¿Ante quién vamos a quejarnos hoy en Europa de las supuestas injusticias contra nosotros cometidas? ¿Qué antecedentes morales podremos alegar para acusar a nadie?”.
La crudeza del análisis de Merchán sobre la intolerancia española hacia los históricamente oprimidos, hizo reflexionar cuanto menos a un reducido grupo de intelectuales, pues apenas tenemos constancia de artículos similares. No obstante, esta carencia la colma con creces el periodista Pedro Barrantes, en un artículo dedicado a “los pobres, los desvalidos, los desheredados, los errabundos, los proscriptos de todas las razas y de todos los pueblos (…), los que padecéis la más injusta y encarnizada persecución que llevó acabo la Humanidad en el transcurso de los siglos; los despreciados, los expulsados, los malditos”, pero especialmente a los gitanos del barrio madrileño de Cambroneras.
            El interés por conocer al gitano, más por su misterio y exotismo que por denunciar su situación, siguió llevando a algunos periodistas e intelectuales, a  atreverse a visitar las gitanerías. Uno de ellos, un colaborador de la revista Por esos mundos, tuvo “el capricho de pasar una noche en Las Cambroneras, sin otro propósito que el de conocer la vida de aquella original y pintoresca barriada en toda su peligrosa intensidad”. Para aventurarse a este “territorio comanche”, procuró el acompañamiento de varios amigos, uno de ellos abogado, “que por serlo de un vecino de Las Cambroneras, servía de salvo-conducto”. La comitiva se introdujo en el barrio con un farol, siendo recibidos nada más entrar por “algunos gitanos que esperaban nuestra visita”, quienes seguidamente les “guiaron por un laberinto de callejuelas fangosas y lóbregas, abiertas entre casuchas de un solo piso”, hasta llegar a una choza, cuyo interior fue descrito como de “una sola habitación, estrecha y larga (…). El piso era de tierra. Al fondo, y atados a una pesebrera, había dos burros que, al oírnos, volvieron hacia nosotros sus cabezas mansas. A derecha o izquierda, clavadas en la pared, varías esteras de esparto formaban una especie de zócalo”.
La generación del 98 alentó este interés por las gitanerías de las grandes ciudades, y sirvió como una justificación más para destacar el atraso de España respecto a Europa. Un aspecto que influyó en la percepción del español respecto al resto de los europeos, y que marcó la “diferencia”, algo que para los que se aferraban a las viejas glorias de España era motivo de vergüenza. Una percepción de inferioridad que en realidad venía de lejos, ya que en 1889 con ocasión de la Exposición Internacional de París, se pudo constatar cómo había quien sentía vergüenza ante la participación de un cuadro flamenco en la capital francesa (Ver http://adonay55.blogspot.com/2017/11/los-gitanos-y-la-exposicion-universal.html).

MÁS INFORMACIÓN:

Barrio de Cambroneras:  https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7219751; https://es.wikipedia.org/wiki/Las_Cambroneras

miércoles, 1 de abril de 2020

EL TIFUS EXANTEMÁTICO Y EL CONTROL SANITARIO SOBRE LOS GITANOS EN LA POSGUERRA. UNA EXCLUSIÓN SOCIAL LEGITIMADA (1938-1942)


Es consecuencia obligada de todas las guerras una época de privaciones que pueden dar origen a graves alteraciones sanitarias de forma epidémica. Y entre ellas, ocupa lugar preferente la transmitida por el piojo del cuerpo y cabeza, para cuya reproducción, se dan las condiciones óptimas en el hacinamiento y desaseo. Precisa combatir con la mayor energía la suciedad y parasitismo para cuyo fin deben actuar de policías sanitarios todos los ciudadanos con interés colectivo y estímulo egoísta…
4º.- En cuanto a gentes con manifiesto desaseo y parásita habitualmente como vagabundos, pordioseros y gitanos, se evitará con toda energía por las fuerzas de la guardia civil limítrofes con otras provincias, la entrada en la nuestra y en ésta, el cambio de domicilio de unos a otros pueblos, puesto que en sus frecuentes desplazamientos dificultan su control sanitario, dando con ello origen a la difusión de enfermedades infectocontagiosas.
BOP Almería, nº 77 (05/04/1941), pp. 1-2.
Jefatura Provincial de Sanidad
CIRCULA R NUM. 664


COMENTARIO:
La epidemia de tifus exantemático desarrollada durante los últimos años de la guerra y primeros de la posguerra, se produjo dentro de una coyuntura sociopolítica repleta de penurias económicas y represiones políticas. En este contexto, el bando vencedor justificó y legitimó el nuevo régimen surgido del golpe de estado del 18 julio de 1936. Paralelamente, al objeto de reforzar dicha represión, se desarrollaron diferentes estrategias para consolidar el dominio de las poblaciones que iban cayendo en su poder. Se hizo entonces imprescindible, el establecimiento de un control efectivo sobre las personas y los espacios.
Uno de los instrumentos empleados para lograr este objetivo, se centró en las campañas realizadas para erradicar el tifus exantemático. Una estrategia que amparada por la impunidad que ofrecía un régimen dictatorial, y que acabó resultando muy eficaz, especialmente en territorios que habían sido leales a la República, y en los que tras la guerra, persistió operativa una importante guerrilla antifranquista.
Entre las causas que propiciaron la aparición de la epidemia de tifus, José Alberto Palanca, Director General de Sanidad entre 1939 y 1957, apuntó la posibilidad de que hubieran sido transmitidas por las tropas procedentes del norte de África, ya que según comentó: “durante nuestra guerra, toda la faja costera del norte de África era un vivero de tifus exantemático, y no se puede olvidar que de esta zona venían constantemente voluntarios a engrosar nuestras filas”[1]. Otra cosa fue la facilidad con que se extendió por la Península, debido principalmente a la debilidad que presentaba una población que había sufrido el hambre y las múltiples carencias que trajo consigo la guerra, y que hizo que las diferentes epidemias que se fueron sucediendo, se cebaran especialmente entre los pobladores más pobres, que mal nutridos, sin agua, electricidad y sin las más mínimas condiciones higiénicas -el jabón era escaso de por sí en todo el país-, eran víctimas propicias[2].
Los gitanos, sumidos en barrios marginales y carentes de todo tipo de servicios básicos, sufrieron el azote de todo tipo de epidemias, dejando de ser víctimas, para pasar a ser considerados agentes peligrosos de transmisión de enfermedades. Se dictaminó entonces su exclusión social, a través del control de sus movimientos y la revitalización de la tradicional política de represión heredada de otros tiempos. Se acentuó entonces, el rechazo y la desconfianza hacia su presencia, lo que a su vez, justificó la activación de los viejos mecanismos empleados en la instauración del orden público y del bien común. Una aplicación para la que se facultó a la Guardia Civil, que como depositario de las prerrogativas, quedó autorizada a ejercer su cometido con mano dura en cuantas inspecciones consideraba oportunas, tanto a caravanas trashumantes, como en hogares gitanos. Son numerosos los testimonios que describen el abuso de poder con que obraban sus efectivos. Una actuación que básicamente tenía la finalidad de infundir el temor y el respeto necesarios para mantenerlos sometidos.
               El denominador común de cada una de estas “visitas” se traducía en humillaciones y menosprecios, como el de asaltar impunemente las casas y cometer todo tipo de tropelías, ya fuera propinar una patada al puchero donde se hacía la comida, o golpear a quien se le antojara. Unos atropellos que han quedado testimoniados en los libros de Eusebio Rodríguez Parrilla y María Dolores Fernández. Entre los testimonios más sobrecogedores, podemos citar el de Manuel Martín Alameda, quien describía cómo “la Guardia Civil cuando nos veían con la madera, nos la quitaban; además, entraban a la casa sin llamar a la puerta. Si veían una radio o una televisión, se las llevaban y se las rompían”[3]. Más truculenta resulta la relación de Cándido Heredia, quien afirmaba cómo la Benemérita les trataba muy mal, y cómo “a las mujeres no las dejaban vestir a su manera, les cortaban el pelo y las violaban”[4]. Rosa Vázquez relata también que los civiles pegaban a los niños, y en ocasiones, les obligaban a pelearse entre ellos para su regocijo[5]. Por último, Eulogia Muñoz cuenta cómo “si te pillaban por los caminos te daban una paliza y te dejaban allí tirado (…). A cada paso te pedían los papeles, y si en el pueblo robaban una gallina o algo en un cortijo, siempre encerraban al primer gitano que pillaban”[6].

A pesar de los innumerables abusos cometidos, ya fuera la Guardia Civil o la Policía Armada, muchos gitanos han considerado que el general Franco fue benévolo con ellos. Y lo creen erróneamente, por suponer que el dictador rechazó en Hendaya, la petición de Hitler de enviar los gitanos españoles a los campos de concentración nazis. Otros, tienen también la convicción de que ya en la posguerra, Franco se opuso a la idea de Carrero Blanco para recluirlos a una isla, posiblemente Fernando Poo[7]. De ambas suposiciones no existe prueba documental alguna que las confirme; sí en cambio, lo que sí resulta constatable, es que el franquismo mantuvo la secular criminalización del gitano, e incluso, la agravó.
               Aunque, salvo los artículos de la Guardia Civil referidos al control en los caminos, no se legislaron disposiciones específicas contra los gitanos; éstos, fueron víctimas de la ambigüedad y la arbitrariedad de las leyes emanadas durante el periodo franquista. Primeramente, a través de la supervivencia de la Ley de Vagos y Maleantes republicana, con la sola novedad de crearse en marzo de 1937, un registro centralizado de individuos de ambos tipos delictivos. Una decisión que acabó vinculando a los condenados por delitos comunes, con aquellos individuos que fueron contestatarios con el régimen; de tal forma, que al combatir lo que se llamó “la degeneración de la raza española”, se interpretó esto como un instrumento para reprimir y excluir de la sociedad, a todos aquellos que, según la clasificación racial y social de la época, estaban encasillados como sujetos potencialmente peligrosos, entre los que se hallaban incluidos los gitanos.
No conocemos la empatía y la opinión personal que el general Franco tendría respecto a los gitanos. Desde luego, sí fue conocedor del tratamiento que Hitler les daba, tanto en Alemania como en los territorios ocupados por sus tropas. Un genocidio que desde 1937 se había intensificado y extendido sin rubor alguno, y del que los periódicos republicanos españoles se hicieron eco. Una doctrina racista que establecía razas superiores e inferiores, y que estuvo planeando en el ideario de los falangistas a lo largo de todo el desarrollo de contienda. Tanto, que estuvo a punto de concretarse sobre el papel en 1938, cuando en Salamanca, la Falange Española y Tradicionalista y de la JONS[8], a través de su Delegación Nacional de Justicia y Derecho, pretendió imponer su ideario racista en uno de los capítulos del Anteproyecto de Código Penal de 1938[9].
La identificación plena entre la enfermedad contagiosa y el gitano venía de antiguo[10], y las autoridades sanitarias y políticas siguieron en esa convicción estableciendo un cordón sanitario, exteriorizado especialmente a través de las campañas de vacunación, en las que se obligaba “vacunar y revacunar a los gitanos, quincalleros, mendigos y gente trashumante que se encuentren en cada municipio”[11]. Un recordatorio que se reproduciría año tras año, incluso antes de finalizar la guerra[12]. Para su cumplimiento, se facultó a gobernadores civiles con la potestad de prohibir “la entrada y la circulación en las poblaciones, de gitanos, nómadas pordioseros, etc. que no vayan vacunados”[13].
Desde noviembre de 1939, los gitanos no dejaron de ser objeto de sistemáticas redadas, con el objeto de ser internados en centros con escasas condiciones, tanto para su tratamiento como para su propia estancia. Una de las primeras campañas de despiojamiento de la posguerra, tuvo lugar en diciembre de ese año en Palencia, donde su Gobernador Civil dispuso una “especial vigilancia” sobre los gitanos y demás elementos nómadas y marginales: “mendigos, quincalleros, gitanos, vendedores ambulantes”, a todos los cuales se les acusaba de ser gente vagabunda y descuidada en “su limpieza personal o familiar”, que por “su frecuente caminar, de uno a otro rincón, pueden ir sembrando su paso de piojos, si en su vivir andariego no rinden el culto debido al agua y al jabón”[14].
Los viejos prejuicios antigitanos quedaron encuadrados dentro del grupo social compuesto por las “gentes con manifiesto desaseo y parasitada habitualmente”; es decir, los “vagabundos, pordioseros y gitanos”. Sujetos “peligrosos” sobre los que debía realizarse una labor de vigilancia y control. Una misión, que como ya hemos apuntado, recayó en la Guardia Civil, encargada por cada Gobernador Civil provincial, de ejecutar sus órdenes respecto a las entradas y salidas de cualquier gitano, especialmente, en cuanto al “cambio de domicilio de unos a otros pueblos”, por suponer “que en sus frecuentes desplazamientos, dificultan su control sanitario, dando con ello origen a difusión de enfermedades infecto contagiosas”. Como solución, una vez más, al gitano se le vio como un ente colectivo y no individual, por lo que como medida preventiva, se dispuso que “todo desaseado que llegue (…), además de pelado y despiojado”, debía quedar “controlado sanitariamente durante veinte días”[15].
Una medida profiláctica que Franco la trasladaría al campo político-social, con el pretexto de la vigilancia de elementos sociales dañinos y pervertidos, que podían representar potencialmente un “peligro de contagio para todos”, que acabarían envenenando política y moralmente al resto de la población[16]; motivo por el quedaba justificada la necesidad de tratarlos aun ejerciendo “la fuerza, para conseguir salvar a España y para darle días de grandeza”[17].
Por otra parte, la criminalización ejercida sobre los gitanos, acabó institucionalizándose sobre la base de la “diferencia”, o sea, de su supuesta especificidad de la delincuencia gitana que se relacionaba con determinados delitos: robo de caballos, mendicidad, estafas, hurto en tiendas, etc., pero especialmente en el comercio de caballerías, que como principal ocupación tradicional de los gitanos en el campo, fue objeto de un infundado recelo, de la sospecha sobre una actividad que podía encubrir el robo de caballerías. Una propiedad, que en el contexto de la pobreza de la España de los años cuarenta, suponía una valiosa herramienta de trabajo, que la Guardia Civil debía salvaguardar[18], por lo que en su reglamento se incluyó el 14 de mayo de 1942, un artículo que disponía: “se vigilará escrupulosamente a los gitanos”, ya que: “esta clase de gente no tiene por lo general residencia fija, se traslada con mucha frecuencia de un punto a otro en que sean desconocidos”. De esta forma, la movilidad gitana acabó siendo el denominador común de la represión, tanto en el aspecto sanitario, como en el de orden público, donde quedaba justificaba la conveniencia de “tomar de ellos todas las noticias necesarias para impedir que cometan robos de caballerías o de otra especie”. De esta forma, el gitano, como siglos atrás, continuó naciendo como un potencial delincuente, que allá por donde iba, le acompañaba la presunción de culpabilidad delictiva, como también de contagio, al culpabilizársele de su propia falta de higiene individual. Unos estigmas que acabaron justificando la exclusión social y la consolidación de la subalternidad gitana. Como consecuencia, siguieron apartados, al margen de las decisiones políticas y de los avances socioeconómicos que tendrían lugar en los años sesenta.




[1] JIMÉNEZ LUCENA, Isabel. "El tifus exantemático de la posguerra española (1939-1943). El uso de una enfermedad colectiva en la legitimación del «Nuevo Estado»”, en Dynamis, Acta Hispanica ad Medicinae Scientiarumque Historiam Rlustrandam. Vol. 14, 1994, p. 193. Palanca fue consciente de que el estado sanitario del país no era “algo aislado y sin conexión”, sino consecuencia de “su situación social y económica”. En PALANCA MARTÍNEZ-FORTÚN, José Alberto. “Hacia el fin de una epidemia”, en Semana Médica Española, V.IV, pp.432-440. 1941.
[2] Hay que tener también en cuenta, que terminada la guerra se inició una extensa depuración de organismos y personas, incluso con efecto retroactivo, que acabaron llenando los campos de concentración y las prisiones para su castigo y adoctrinamiento político-religioso, y en donde las deplorables condiciones higiénicas incidieron en la propagación de todo tipo de enfermedades infecto-contagiosas.
[3] FERNÁNDEZ FERNÁNDEZ, María Dolores y DE LA FLOR HEREDIA y RODRÍGUEZ PADILLA, Eusebio, Mónica. El pueblo gitano en la guerra civil y la posguerra. Andalucía Oriental, Asociación Romí, 2009, p. 144.
[4] Ibídem, p. 141.
[5] Ibídem, p. 140. Juan Heredia refiere algo similar, cuando estando con su primo recogiendo membrillos, unos civiles les ordenaron que se presentaran en el cuartel, donde le preguntaron si llevaba una vara. Al responder afirmativamente, le dijeron: “entonces, cógela y pégale -a su primo-”, a lo que se negó, con lo que los guardias civiles emprendieron a dar de palos a ambos. En Ibídem, p. 135.
[6] Ibídem, p. 130. Juan García Cortés corrobora estas prácticas de la Guardia Civil: “no podíamos salir ni a vender una canasta, porque si nos encontrábamos en el camino con la Guardia Civil, nos daban un par de guantazos y nos hacían que volviéramos a nuestra casa. Nos pedían los papeles, nos preguntaban a dónde y para qué íbamos; y si no les gustaba algo, pues nos llevaban al cuartel, hasta que un señorico con el que habíamos trabajado venía a sacarnos de allí. En Ibídem, p. 129.
[7] Sobre este tema se puede consultar el artículo de DONCEL, Carmen, “Cuando Franco quiso mandarnos a Fernando Poo. Miedos y esperanzas en la memoria de un hombre gitano”, en Historia y Política, nº 40, p. 151. pp. 147-177. Dirección web https://recyt.fecyt.es/index.php/Hyp/article/view/60327/41341
[8] Este partido surgió de la fusión de la Falange con las Juventudes Obreras Nacional Sindicalistas-JONS, que a la postre sería el único movimiento político admitido durante el franquismo.
[9] Dentro del capítulo dedicado a los “delitos contra la dignidad y el interés de la Patria”, se proponía castigar con pena de presidio los “actos contrarios a la raza española”, como “el matrimonio con persona de raza inferior”. En MARTÍNEZ MARTÍNEZ, Manuel. “La salvaguarda de la raza española durante la Guerra Civil. El anteproyecto de Código Penal de 1938”, en Historia de los gitanos españoles (01/04/2018). Consultado el 6 de mayo de 2019.
[10] MARTÍNEZ MARTÍNEZ, Manuel. “Los gitanos, chivos expiatorios de las epidemias que afligieron a España”, en Historia de los gitanos españoles (16/03/2010). Dirección web http://adonay55.blogspot.com/2020/03/los-gitanos-chivos-expiatorios-de-las.html.
[11] “Inspección provincial de Sanidad. Vacunación antivariólica. Circular”, en Boletín Oficial de la Provincia de Palencia, nº 45 (16/04/1938), p. 2.
[12] “Gobierno Civil. Sanidad. Vacunación antivariólica”, en Boletín oficial de la provincia de Palencia, nº 34 (20/03/1939), p. 2.
[13] En Granada, su Gobernador Civil, dispuso además, que en caso de que “no lo estuvieren, sufrirán esta práctica de inmunidad en el pueblo más próximo”. En “El certificado de vacunación antivariólica será exigido”, en Patria: diario de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, nº 737 (15/12/1939), p. 5.
[14] “Campaña de despiojamiento”, en Boletín Oficial de la Provincia de Palencia, nº 145 “04/12/1939), p. 2.
[15] “Sanidad. Bando”, en Boletín Oficial de la Provincia de Almería, nº 154 (12/07/1941), p. 1. Con anterioridad, en mayo de 1940 ya se había restringido la libertad de movimiento de los “gitanos y los vagabundos” que no portaran “la documentación sanitaria precisa”. En “Prevenciones contra la viruela”, Boletín Oficial de la Provincia de Almería, nº 8 (11-1-1940), p. 1.
[16] JIMÉNEZ LUCENA, Isabel. "El tifus exantemático…, p. 195.
[17] FRANCO, Francisco. Discurso ante el Instituto Nacional de Previsión el día 27 de marzo de 1942. Cit. por JIMÉNEZ LUCENA, Isabel. "El tifus exantemático ...", p. 196.
[18] ROTHEA, Xavier. Construcción y uso social de la representación de los gitanos por el poder franquista, 1936-1975 en Revista Andaluza de Antropología, 7, 2014, pp. 7-22. Disponible en http://www.revistaandaluzadeantropologia.org/uploads/raa/n7/rothea.pdf., p. 12.