Texto procedente
de la publicación de Rocío Plaza Orellana: John Phillip “El Español”. Un pintor
escocés en Sevilla (1817-1867), Sevilla: Diputación Provincial de Sevilla, 2022,
pp. 56-57 y 188).
Esta obra se
presentó en la exhibición anual de la Royal Academy en 1853. Se le tituló en
castellano y acompañándole de texto procedente de El mercader de Venecia
de Shakespeare, en donde Moroco explica el tono oscuro de su piel, por la que
el escritor inglés reflexiona sobre las diferencias que se establecen a partir
de la raza. Un texto literario unido a una pintura que estaba en consonancia
con la cultura artística victoriana.
El retrato presenta
a La Perla, una bailarina gitana de Triana famosa por sus bailes de jaleo, como
el Vito y el Olé, popularizados ya en 1847. La crítica artística británica la
calificó “como un retrato de belleza femenina gitana, de expresión fina e
inteligente, ataviada con un vestuario tan adecuado para su condición social,
como hermoso la modelo”.
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Fecha: 1852
Aberdeen Art Gallery & Museums |
Una de sus actuaciones en una fiesta celebrada un domingo de mayo en un
corral de Triana, fue recogida por Estébanez Calderón en Escenas andaluzas,
obra publicada en 1847. En ella actuó la Perla con su amante El Jerezano.
“Salió la Perla con su amante El Jerezano a bailar. Él
también plantado en su persona cuanto lleno de majeza y boato en su vestir, y
ella así picante en su corte y traza como lindísima en su rostro, y realzada y
limpia en las sallas y vestidos. sin sombrero, porque lo arrojó a los pies de
la perla para provocarla al baile, y ella sin mantilla y vestida de Blanco,
comenzaron por el son de la rondeña en dar muestra de su habilidad y gentileza.
El pie pulido de ella se perdía de vista por los giros y huertas que describía
y por los juegos y primores que ejecutaba; su cabeza airosa, ya volviendola
gentilmente al lado opuesto de por dónde serenamente discurría, ya apartándola
con desdén y desenfado de entre sus brazos, ya orlándola con ellos como
queriéndola ocultar y embolzarse, para el gusto las proporciones de un buen
griego, pero la imaginación las ilusiones de un sueño voluptuoso. Los brazos
mórbidos y de linda proporción, hora los abandonaba como en desmayo, ya los
agitaba como en frenesí y delirio, ya los sublimaba o derivaba alternativamente
como quien recoge flores o rosas que se le caen. Aquí doblaba la cintura, allí
el talle, por doquier se estremecía, por todas partes circulaba, ora
blandamente como cisne que hiende el agua, hora ágil y rápida como surfide que
corta el aire. El bailador le seguía menos como rival en destreza que como
mortal que sigue a una diosa. Los cantores y cantadoras llovían coplas para
provocar y multiplicar otras mudanzas y nuevas actitudes” (Estébanez Calderón,
1847: 211).