La mujer gitana ha provocado una fascinación exotizante por su cuerpo, a través de una mirada romántica y estereotipada, que constituye frecuentemente una apropiación visual del cuerpo femenino romaní y una estetización de la alteridad, envuelta por conceptos como la libertad, el misterio y la sensualidad.
Entre los principales retratistas de mujeres gitanas en el siglo XIX, podemos citar a John Philip, especializado en escenas costumbristas españolas de gitanas andaluzas con fuerte carga romántica. Entre los españoles: Joaquín Sorolla y Mariano Fortuny con acuarelas y óleos de gitanas en Granada a través de una mirada orientalizante y etnográfica. Ya en el siglo XX destaca Isidre Nonell por sus retratos de gitanas a partir de una mirada más humana y dignificadora, sin exotismo ni erotización. En cambio, Julio Romero de Torres sí fusiona erotización con simbolismo y mito andaluz.
La “gitana” como marca
Desde finales del siglo XIX y durante todo el XX, la figura de la mujer gitana se convirtió en un recurso comercial en España y en otros países mediterráneos. Su imagen funcionó y aún funciona como símbolo de lo español, de lo andaluz, de lo “auténtico” y de lo “popular”.Se utilizó para vender vinos y manzanillas, licores, conservas de pescado, aceites y otros productos agrícolas, cafés, chocolates y especias, tabaco y cerillas.
Se trata de una apropiación cultural que toma una figura real para convertirla en un logotipo, en el que la “gitana” representada no es identificada: es un arquetipo, no una persona. Se abusa así del arquetipo de la “gitana festiva” como reclamo exótico y de lo español, que no hace más que invisibilizar la diversidad y la vida auténtica de las mujeres gitanas.



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